Ser buen pastor en la vida cotidiana: una misión para todos

viernes, 24 de abril de 2026

24/04/2026 – “Yo soy el buen pastor” Esa frase del Evangelio suele hacernos pensar en Jesús… y quizás también en sacerdotes o religiosos. Pero en esta nueva edición de Reflexiones para el finde, el Padre Humberto González S.J. propone una mirada mucho más amplia y profundamente transformadora: todos estamos llamados a ser buenos pastores. No como una idea abstracta sino en la vida concreta.

El error de pensar que no es para todos

El propio Padre Humberto lo reconoce con sencillez: durante mucho tiempo pensó que la fiesta del Buen Pastor estaba reservada a quienes tenían vocación sacerdotal o religiosa.

Pero con el tiempo descubrió algo esencial:
el pastoreo no es exclusivo de algunos, es una misión compartida.

Jesús no se guarda nada para sí. Ni siquiera su modo de amar. Y por eso su forma de ser Buen Pastor se derrama en la vida de todos.

Los “buenos pastores” que nos formaron

La fe no llega sola. Llega a través de personas concretas.

El Padre Humberto lo expresa con imágenes muy cercanas: abuelos que enseñan a rezar, padres que acompañan con ternura en medio del cansancio, amigos que aparecen cuando más los necesitamos.

Personas que, muchas veces sin darse cuenta, nos cuidaron, nos buscaron, nos sostuvieron. Ahí estuvo Jesús. Ahí estuvo el Buen Pastor. Porque —como explica— todos estamos acá gracias a alguien que, en algún momento, ejerció ese pastoreo en nuestra vida.

Ser pastor en lo cotidiano

Lejos de una imagen idealizada, el sacerdote insiste en algo clave:
ser buen pastor no es hacer cosas extraordinarias.

Es cuidar. Es estar atento. Es salir al encuentro. Un hermano mayor que acompaña. Un amigo que llama.
Un docente que confía. Un médico que escucha. Un padre o una madre que sostiene. Todas esas son formas reales de pastoreo. Incluso —y esto es clave— en tareas simples y cotidianas. Porque el pastoreo tiene que ver con el servicio.

Una misión que también alcanza a la sociedad

El Padre Humberto amplía aún más la mirada: no solo en la familia o en lo personal. También en la vida social necesitamos buenos pastores. Dirigentes, líderes, personas con responsabilidad que no busquen solo el poder, sino el bien de los demás. Y cuando faltan buenos pastores, Dios mismo sale a cuidar a su pueblo.

Aprender a ser pastor… siendo oveja

Hay una clave profunda en la reflexión: solo puede ser buen pastor quien aprendió a ser oveja.

Es decir, quien experimentó lo que significa estar perdido… y ser buscado. El Padre Humberto lo dice con claridad: no se trata de ser la mejor oveja, sino incluso la que se pierde.

Porque desde esa experiencia nace la compasión. Y desde ahí surge la fuerza para salir al encuentro de otros.

El corazón del buen pastor

En uno de los momentos más profundos de la reflexión, el sacerdote comparte un texto que resume el espíritu del Buen Pastor:

El que busca.
El que se arriesga.
El que no juzga.
El que se ensucia.
El que vuelve.

Y sobre todo, el que ama.

Un amor que no es teórico.
Es concreto, cotidiano, a veces silencioso.

Pastorear también nuestras heridas

En el contexto del 24 de abril, día de memoria por el genocidio armenio —recordado muchas veces por el Papa Francisco— la reflexión se abre también a una dimensión más amplia.

Ser buen pastor implica también hacernos cargo del dolor del otro.

No mirar para otro lado.
No negar las heridas de la humanidad.

Sino presentarlas ante Dios para que puedan ser sanadas.

Porque incluso las heridas, en Cristo, pueden volverse gloriosas.

Una invitación concreta

La propuesta es simple y exigente al mismo tiempo:

  • Ser buen pastor de lo que Dios nos confió
  • Cuidar a quienes están cerca
  • Estar atentos al que falta
  • Aprender a acompañar
  • Y dejarnos también pastorear

Porque en definitiva, la fe se juega en cómo cuidamos a los demás. Y ahí, en lo cotidiano,
se hace presente el Buen Pastor.