El 52% de los adolescentes no logra proyectar su futuro laboral

jueves, 7 de mayo de 2026

07/05/2026 – La incertidumbre sobre el futuro laboral de los adolescentes argentinos dejó de ser un dato aislado para convertirse en un síntoma profundo de la realidad social, educativa y económica del país.

El reciente informe “¿Cómo imaginan los adolescentes su futuro laboral?”, elaborado a partir de las pruebas PISA 2022, revela que el 52% de los jóvenes de 15 años no logra imaginar una ocupación concreta para su vida adulta, un salto alarmante frente al 22% registrado en 2018. Detrás de ese número aparecen el miedo, la ansiedad, la fragilidad económica y una sensación creciente de que proyectar un futuro estable resulta cada vez más difícil.

El investigador del CONICET y coautor del informe, Juan Bonnin, explicó que uno de los aspectos más llamativos del trabajo fue precisamente poner el foco en aquello que tradicionalmente queda fuera de las estadísticas. “El objeto que analizamos en este informe es el tipo de dato que habitualmente queda fuera de los informes. Esa respuesta que no cierra, que parece poco clara o inválida, empezó a crecer y crecer hasta que dijimos: acá hay algo, acá hay un problema. No es simplemente que algunos chicos no pueden responder, sino que hay un fenómeno social que está pasando”, sostuvo.

Lejos de tratarse solamente de una cuestión individual, Bonnin remarcó que la incertidumbre juvenil refleja el presente social y cultural que atraviesa el país. “La pregunta sobre qué quieren ser dentro de 15 años no predice exactamente a qué se van a dedicar, sino que habla del proyecto de vida y de las expectativas que tienen hoy. Y quienes tienen más claridad en esa proyección suelen tener luego mejores trayectorias laborales. Por eso es tan importante incentivar esa capacidad de imaginarse a futuro”, afirmó.

El informe también deja en evidencia que la incertidumbre no afecta a todos por igual. Los adolescentes de sectores más vulnerables son quienes enfrentan mayores dificultades para proyectarse. Bonnin advirtió que “en el 20% más pobre, la incertidumbre llega casi a seis de cada diez chicos, mientras que en los sectores más altos baja considerablemente. Hay ciertas condiciones sociales y económicas que influyen directamente en esta incertidumbre”. Además, agregó que el rendimiento académico también juega un papel central: “Los chicos con mejores desempeños escolares tienen mayor claridad respecto de su futuro, mientras que quienes tienen menores rendimientos muestran más incertidumbre”.

En ese sentido, el especialista insistió en que no se puede responsabilizar únicamente a la escuela por este fenómeno. “Cuando vemos este tipo de situaciones aparece siempre la tentación de decir ‘la escuela debería’. Pero en realidad estamos frente a un fenómeno social y cultural mucho más amplio. No podemos cargarle a la escuela toda la responsabilidad de que los estudiantes puedan proyectar un futuro laboral”, explicó. Y agregó que el desafío involucra a todo el mundo adulto: “Nuestra responsabilidad es ampliar el menú de posibilidades que tienen los jóvenes, mostrarles que existen muchísimas formas de desarrollarse y no reducir el horizonte solamente a unas pocas profesiones”.

Uno de los datos más reveladores del estudio es justamente la concentración de aspiraciones en muy pocas ocupaciones. Entre quienes sí logran imaginar un futuro laboral, el 60% se concentra apenas en diez profesiones. “Eso nos habla de una imaginación futura muy limitada. Hay una enorme variedad de posibilidades que los chicos no están viendo”, señaló Bonnin.

La situación, además, se vincula con una desigualdad estructural persistente. “El principal predictor del rendimiento académico sigue siendo el nivel educativo de los padres, que a su vez refleja el nivel socioeconómico. Hay una desigualdad social muy profunda que estos chicos vienen sufriendo hace años”, indicó el investigador.

El contexto económico tampoco ayuda. La inflación, la precarización laboral y las dificultades para acceder a empleos formales moldean las expectativas juveniles. Muchos adolescentes crecen viendo que incluso los adultos tienen dificultades para sostener proyectos personales y laborales. “La incertidumbre es una marca de época. Cuando uno escucha hablar de economía, inversiones o trabajo, todo el tiempo aparece la palabra incertidumbre. Estamos atravesando cambios muy profundos y eso afecta tanto a adultos como a jóvenes”, analizó Bonnin.

A esto se suma una fuerte brecha entre educación y trabajo. Aunque la mayoría de los estudiantes expresa deseos de seguir estudiando, muchos sienten que no tendrán las herramientas ni los recursos para hacerlo. “Seis de cada diez chicos dicen que quieren seguir estudiando, pero creen que no tienen medios económicos para lograrlo”, recordó el investigador.

El informe también abre interrogantes sobre la calidad educativa y las habilidades necesarias para el futuro. Bonnin cuestionó algunas miradas simplistas sobre las nuevas generaciones y defendió la necesidad de generar más espacios de participación y comunicación. “El problema no es que los jóvenes hablen menos o tengan menos palabras. El problema es por qué tienen menos oportunidades para desarrollar sus habilidades comunicativas. Eso depende de las experiencias, de las oportunidades y de las condiciones sociales que tengan para expresarse y construir pensamiento crítico”, explicó.

En definitiva, el trabajo muestra que la falta de expectativas laborales entre los adolescentes no responde solamente a una crisis vocacional. Detrás aparecen años de deterioro educativo, desigualdad social y fragilidad económica acumulada. La discusión, entonces, excede la orientación vocacional y obliga a pensar políticas públicas capaces de reconstruir un puente real entre educación, trabajo y proyecto de vida. Como resumió Bonnin, “no se trata de llevar a los jóvenes de la mano ni de infantilizarlos, sino de crear condiciones para que puedan desarrollarse, imaginarse un futuro y construirlo”.