El fin del sueño americano: la crueldad de la persecución migratoria en EE. UU.

martes, 3 de febrero de 2026

03/02/2026 – La realidad de la inmigración en Estados Unidos atraviesa un periodo de tensión que, para especialistas y testigos directos, carece de comparaciones cercanas. Bajo la gestión del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), la presión sobre las comunidades latinas se ha intensificado, transformando la aspiración del «sueño americano» en un escenario de vigilancia constante. Rubén Martínez, periodista, escritor y profesor en la Universidad Loyola Marymount de Los Ángeles, describe el panorama actual como «un espectáculo público de crueldad que jamás habíamos visto», donde la identidad y el idioma se han convertido en factores de riesgo.

Martínez, hijo de inmigrantes y con décadas de trayectoria analizando la vida en la frontera, sostiene que la situación actual ha sobrepasado los límites de administraciones anteriores. Si bien el sistema de deportaciones ha sido una constante histórica bajo gobiernos de distintos signos políticos, el autor destaca que ahora se vive una vulneración sistemática de las protecciones constitucionales. Según explica, el accionar de las autoridades migratorias ha generado un clima de inseguridad jurídica donde el aspecto físico o el tipo de empleo son motivos suficientes para una intervención federal.

En las comunidades latinas de ciudades como Los Ángeles, Chicago o Minneapolis, el impacto se traduce en una parálisis de la vida cotidiana. Martínez relata que el miedo es palpable y afecta directamente el funcionamiento de los barrios: las familias evitan que ancianos y niños salgan a la calle, la asistencia escolar disminuye y los comercios locales enfrentan una crisis económica por la falta de clientes. «El terror se ha sembrado en las calles», afirma el académico, sugiriendo que el objetivo de estas políticas podría ser fomentar la autodeportación a través del pánico.

La historia de Estados Unidos está marcada por una contradicción profunda entre sus ideales fundacionales y el trato hacia la alteridad. Martínez recuerda que, aunque el país se proclama como una excepción democrática y un refugio para los perseguidos, el racismo y la xenofobia han sido constantes desde su origen. Para el experto, la discriminación que hoy sufren los migrantes es una extensión de las tensiones no resueltas en el seno de la sociedad norteamericana, que históricamente ha utilizado al extranjero como chivo expiatorio en momentos de crisis.

A pesar de la retórica oficial sobre las cifras de deportación, la falta de transparencia dificulta conocer el alcance real de los procedimientos actuales. Martínez señala que la administración tiende a exagerar sus resultados, lo que genera una distorsión en el debate público. Al comparar con periodos anteriores, como el de Barack Obama —quien fue apodado el «jefe de los deportadores» por la cantidad de expulsiones en sus dos mandatos—, el periodista advierte que la diferencia actual radica en la visibilidad y el uso político de la represión como herramienta de campaña.

Sin embargo, el panorama también presenta matices de resistencia y cambios culturales significativos. El autor menciona la paradoja de una sociedad que persigue al trabajador inmigrante, pero que simultáneamente celebra el éxito global de artistas que reivindican su lengua, como ocurrió recientemente con Bad Bunny. En el ámbito laboral, Martínez advierte que la persecución también tiene un trasfondo económico: al aumentar la vulnerabilidad del indocumentado, se facilita la explotación, permitiendo que se paguen salarios por debajo del mínimo legal a quienes no tienen recursos para defenderse.

Frente a esta ola de represión, ha surgido una respuesta civil y religiosa que Martínez considera esperanzadora. Desde el activismo en las ciudades hasta el posicionamiento de la Iglesia, impulsado por el mensaje del Papa Francisco y la jerarquía eclesiástica local, se ha reactivado la tradición del «santuario». Los recientes acontecimientos en Minneapolis han servido para despertar la conciencia nacional, forzando a las autoridades a moderar su discurso. Como concluye el profesor, aunque el escenario es complejo, la respuesta del pueblo norteamericano demuestra que la lucha por los derechos civiles sigue vigente.

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