Francisco y la dignidad del trabajo como eje de una sociedad más humana

martes, 21 de abril de 2026

21/04/2026 – El legado del Papa Francisco en torno al trabajo, la dignidad y la dignificación humana se inscribe con fuerza en la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, pero al mismo tiempo aporta una mirada profundamente encarnada en la realidad concreta de las personas.

Mucho antes de su pontificado, cuando aún era el cardenal Jorge Mario Bergoglio, ya planteaba con claridad la centralidad del trabajo en la vida humana y social.

En el marco del programa «Biblia: Diálogo Vigente», Monseñor Bergoglio sostenía una idea que atravesaría toda su reflexión posterior: “el trabajo es el gran ordenador de la vida social”. Y advertía con firmeza sobre sus consecuencias cuando falta: “no hay peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la posibilidad de ganarse el pan con dignidad”. En estas afirmaciones, no solo señalaba un problema económico, sino una herida profunda en la dignidad de la persona y en el tejido comunitario.

Esa misma preocupación se proyecta y se amplía en su magisterio como Papa. En la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, Francisco profundiza esta mirada al afirmar: “el trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal”. Aquí el trabajo aparece no solo como un derecho, sino como una dimensión constitutiva de la existencia humana, un espacio donde la persona se realiza y aporta al bien común.

Más adelante, en la encíclica Laudato Si’, introduce un elemento clave al vincular el trabajo con la justicia social y el cuidado de la creación: “dejar de invertir en las personas para obtener un mayor rédito inmediato es muy mal negocio para la sociedad”. De este modo, denuncia con claridad las lógicas económicas que subordinan la dignidad humana a la rentabilidad, y que convierten al trabajador en una variable de ajuste.

En continuidad con su pensamiento anterior, Francisco insiste en una idea que se ha vuelto central en su mensaje: “no hay peor exclusión que la falta de trabajo”. Desde esta perspectiva, el desafío no es únicamente asistir a quienes quedan fuera, sino generar condiciones para su integración plena a través de un empleo digno. Se trata de una visión profundamente humanista, donde el trabajo es el camino privilegiado para reconocer al otro como sujeto, no como objeto de ayuda.

Asimismo, el Papa introduce un matiz fundamental al hablar de un “trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario”. No cualquier empleo cumple con esta función. Cuando el trabajo es precario, explotador o alienante, lejos de dignificar, degrada. En esta advertencia se percibe una crítica directa a las nuevas formas de exclusión laboral que atraviesan al mundo contemporáneo.

De este modo, el pensamiento de Francisco puede leerse como una continuidad enriquecida de su propia trayectoria: desde sus reflexiones como Monseñor Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires y Cardenal Primado de Argentina, hasta su magisterio universal como Papa, ha sostenido con coherencia que el trabajo es mucho más que una actividad productiva. Es un derecho fundamental, un camino de realización personal y un pilar esencial de la vida social. Defender el trabajo, en su visión, es, en definitiva, defender la dignidad humana.