Para que “nunca más” repitamos los errores y pecados del pasado

martes, 24 de marzo de 2026

24/03/2026 – En el marco del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, y a 50 años del último golpe militar que dio inicio a la dictadura y al terrorismo de Estado en la Argentina, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina difundió el mensaje “Nunca más a la violencia de la dictadura y siempre más a una democracia justa”, en el que renueva su compromiso con la memoria, rechaza toda forma de violencia institucional y convoca a fortalecer una democracia fundada en la justicia, la dignidad humana y el bien común.

El documento propone una reflexión profunda sobre uno de los períodos más oscuros de la historia nacional, marcado por el terrorismo de Estado entre 1976 y 1983, e insiste en que la memoria no puede ser fragmentaria ni selectiva, sino “íntegra y luminosa”, capaz de iluminar el presente y prevenir la repetición de los errores del pasado. En este contexto, la mirada del historiador Federico Tavelli —doctor en Historia, docente e investigador, editor de la obra “La verdad los hará libres” y coautor junto al padre Luis Liberti de “Confesiones de Estado”— resulta fundamental para comprender en profundidad ese tiempo.

Su investigación, basada en cientos de miles de documentos, no solo reconstruye procesos históricos, sino que pone en primer plano el rostro humano detrás de cada archivo. En ese trabajo, como él mismo describe, “cuando trabajábamos con los documentos nos encontrábamos con las personas, con las víctimas, porque hay nombres, fotos, historias, y cuando las sacábamos de las cajas yo sentía que los volvía a la vida de alguna forma, que los sacábamos de ese lugar de olvido para ponerlos en el lugar de la memoria”, una experiencia que revela hasta qué punto la memoria es un acto vital que restituye dignidad.

A partir de ese recorrido, su libro “Confesiones de Estado” aporta una clave interpretativa decisiva al mostrar que “hubo una estrategia de la Junta para manipular a la Iglesia y los obispos no siempre lograron advertirla”, una dinámica que incluyó “desde la mentira hasta formas más sutiles de manipulación” y que permite comprender mejor las decisiones y limitaciones de la jerarquía eclesiástica en aquel contexto. Sin embargo, Tavelli advierte que no es posible reducir ese período a lecturas simplistas, ya que “cuando hablamos de la Iglesia, hablamos de muchos actores”, entre los cuales “hubo obispos que decían expresamente que se estaba torturando y desapareciendo gente y que había que hacer algo más fuerte”, mientras otros optaban por caminos distintos o tenían menor incidencia en las decisiones.

Esa complejidad también explica por qué, con el paso del tiempo, se vuelve imprescindible revisar críticamente lo ocurrido. En ese sentido, el propio Tavelli señala que “la gran falla en aquel entonces fue una falla de diagnóstico, de no darse cuenta de lo que estaba ocurriendo y de no entender cuál era el rol que tenía que tener la Iglesia”, una reflexión que no solo interpela el pasado, sino que ilumina los desafíos del presente.

Por eso, a cincuenta años del golpe, la memoria no puede reducirse a una evocación simbólica, sino que exige un compromiso activo con la verdad. En un contexto de polarización, Tavelli advierte que “cuando no conocemos, tendemos a refugiarnos en ideologías o etiquetas, pero cuando conocemos entendemos que la realidad es compleja, que no todo es blanco o negro y que hay matices”, una comprensión indispensable para construir una memoria común que no sea utilizada de manera parcial o interesada.

De este modo, el llamado a la memoria se vuelve también un llamado a la responsabilidad: asumir el pasado con verdad, reconocer sus complejidades y, desde allí, fortalecer una cultura democrática que haga posible aquello que el documento episcopal propone con claridad, que nunca más la violencia sea el camino y que siempre más la justicia y la dignidad humana orienten la vida social.