25 de Mayo: entre la grieta y el desafío de pensar el país que queremos

martes, 26 de mayo de 2026

26/05/2026 – En un nuevo aniversario del 25 de Mayo, el Centro Mariano de Investigación Social propone una reflexión que busca tender puentes entre la historia y el presente de la Argentina. A más de dos siglos de la Revolución de Mayo, aquella gesta fundacional sigue interpelando a la sociedad sobre los desafíos de construir una patria común en medio de las diferencias.

La propuesta girará en torno a dos ejes centrales. Por un lado, la mirada sobre las divisiones internas y la llamada “grieta”, entendiendo que la Revolución de Mayo tampoco fue un proceso homogéneo ni exento de tensiones. Por otro lado, el análisis pondrá el foco en una pregunta que atravesó toda la historia argentina desde 1810 hasta hoy: qué país queremos construir.

Nos acompaña en esta reflexión el director del Centro Mariano de Investigación Social, Edgardo Dainotto. Para comprender este proceso sin caer en simplificaciones, es necesario desarmar las miradas idílicas sobre nuestro pasado.

Al respecto, Edgardo Dainotto comparte una advertencia para «quienes a lo mejor tengan una visión idealizada del 25 de mayo de todo lo que fue esa semana previa a a la primera junta, esa que tanto queremos y que mencionamos en nuestros libros como algo definido». Lejos de esa supuesta armonía, aquel primer gobierno patrio nació como una respuesta de articulación política compleja: «Se llama junta porque en ella estaban representados distintas corporaciones con poder y que por otros medios no se habían puesto de acuerdo. Entonces se juntan abogados, los comerciantes, el cura Alberti, Cornelio Saavedra y Azcuénaga, que eran militares, en una junta donde cada uno tenía un voto y decidían en función de de esa participación».

Esta convivencia de sectores con lógicas propias implicó que «no fue serena ninguna de sus eh reuniones seguramente, pero permitió iniciar el proceso revolucionario». Esta dinámica demuestra que las tensiones políticas no son una anomalía actual, sino un componente histórico. Frente a esto, Dainotto señala que «no hay que asustarse de eso. esta junta, nuestros congresos, todo lo que nosotros tenemos como instituciones que regulan el diálogo y la toma de decisiones tienen que ser respetados porque es allí donde se juega la decisión final y hay que estar preparado para el debate y para jugar fuerte con la opinión y con la transparencia y la ética». La historia argentina demuestra que los disensos siempre existieron, y que incluso en aquel entonces convivían posturas radicalmente opuestas: «desde sectores más conservadores, diríamos hoy (…) Cornelio Zabrero Cabrera era más tranquilo, buscaba e evitar confrontaciones que fueran totalmente eh violentas (…) había otro sector de la junta que sí buscaba la confrontación y que iba a hacia las las provincias, los municipios como Córdoba, como Salta, que no se adhirieron inmediatamente a a buscar la la muerte de quienes en ese momento se habían opuesto«. El gran aprendizaje que deja la Revolución radica en la capacidad de institucionalizar esos conflictos a través de pautas compartidas.

Una prueba material de esta preocupación se encuentra en los archivos mismos de la revolución, donde un simple trozo de papel revela la obsesión de los patriotas por el orden institucional: «un pedazo de papel, un triángulo arrancado (…) y hay alguien, probablemente algún abogado, puede haber sido Castel y puede haber sido Mariano Moreno, que iba notando como en círculo de ese papelito, iba aprovechando el máximo (…) preguntas de a quiénes vamos a invitar, cuántos van a votar, si hay empate, ¿qué hacemos? Preguntas como esas en ese papelito que vuelvo a decir debe haber estado escrito en el momento de los debates internos y que alguien con mirada de abogado probablemente eh ya estaba pensando cómo poner reglas de juego». La existencia de estas pautas, que luego se volcaron en el primer reglamento de la junta , constituye el mensaje central que el SEM busca transmitir hoy: «poner reglas claras y sostenerlas sí forman parte esencial del gobierno y de la representación democrática y que la responsabilidad de cuidar a eso y de generar eh reglas (…) cumplidas sí garantizan en cierta manera la el éxito no solo del evento, sino de esto de de asociarnos para hacer cosas que nos trasciendan».

La falta de consensos y de marcos claros en el pasado también dejó asignaturas pendientes y rupturas territoriales dolorosas, ya que «la ausencia, por ejemplo, de países enteros que no quisieron o con quienes no quisimos unir nuestra suerte después de la Revolución de Mayo y sobre todo de de 1816 (…) muestran que eh no estamos siempre todos los que podríamos estar, ni hemos sido receptivos, ni hemos sido capaces de atender las necesidades de otros grupos, de otras provincias en aquel momento». Por lo tanto, la construcción del país que queremos no pasa por anular las diferencias, sino por fortalecer el marco legal que nos contiene.

Como concluye Dainotto, «las reglas hacen falta justamente porque no todos pensamos lo mismo, ni todos estamos dispuestos a hacer lo mismo por nuestro objetivo». El refugio definitivo frente a estas diferencias sigue siendo nuestra ley fundamental: «quien quiera saber que hemos soñado en un momento tan crucial como fue la Constitución de 1853 tiene que leer el el preámbulo y enamorarse un poco de esas palabras. y saber que ese es el piso en el que hemos coincidido todos los argentinos y argentinas y que la interpretación que se va dando a lo largo de las décadas (…) van actualizando el contenido de la Constitución y de las leyes, ahí nos tenemos que refugiar nosotros y hacernos fuertes». El desafío actual, en definitiva, es reactualizar ese pacto con el mismo vigor de los fundadores para lograr una verdadera inclusión, evocando el mensaje ecuménico del Papa de incluir a «todos, todos, todos».