Siento que mi tierra, dolorida y esperanzada, reza y canta con su historia, vida y mensaje… Peregrina conmigo, en mi carne y en mi sangre, me parece escucharla con su chaya.
En esta Roma pecadora y fiel, un día floreció en mí una Unción… “Sacerdote para siempre” me dijiste entonces, Señor.
Veinticinco años vividos por esos caminos de Dios, con mañanas de Pascua y tardes de dolor, con fidelidades de hijo y debilidades de pecador, con las manos metidas en la tierra del hombre… de este pueblo tuyo que me entregaste, Señor.
Mi vida fue como el arroyo… anunciar el aleluya a los pobres y pulirse en el interior; canto rodado con el pueblo y silencios de “encuentros”… contigo… solo… Señor.
Mi vida fue como el sauzal… pegadita junto al Río para dar sombra nomás.
Mi vida fue como el camino… pegadita al arenal para que la transite la gente pensando: “Hay que seguir andando nomás”.
Mi vida fue como el cardón… sacudida por los vientos y agarrada a Tí, Señor; vigía en noches de estrellas para susurrarle a cada hombre: “Cuando la vida se esconde entre espinas, siempre florece una flor”.
Mi vida canta hoy dichosa a Ti, Señor… Es misterio que se hizo camino ya andado un buen trecho, Señor…
Mesa que acoge y celebra los racimos ya maduros que tu Sangre fecundó.
Todo esto soy yo, Señor… un poco de tierra y un Tabor, veinticinco años de carne ungida con un Cayado, un pueblo y una Misión.
Hoy la tumba de Pedro es la Mesa de esta Eucaristía, Señor… en mis manos renace, como entonces, la Nueva Carne del Amor.
Pablo, tu Vicario, me sale al encuentro como un hermano mayor… Me dice al oído: “Hermano, confirmo tu Fe y tu Misión, recibe el ósculo de la paz y lleva a tu pueblo mi bendición”.
Y… mientras se encienden las estrellas… allá, lejos, sigue floreciendo el amor. Por este Sacerdocio tuyo, que es mio y de tu pueblo, muchas gracias, Señor.
Es hora que me despida de esta Roma que me ungió, con un Credo agradecido a la Iglesia que me engendró y con la esperanza de María, ¡hasta La Rioja, Señor!
La Patria está gestando un hijo con sangre y con dolor… Lloran los atardeceres esperando que el hijo nazca sin odios y con amor.
Mi tierra está preñada de vida en esta noche de dolor, esperando que despunte el alba con un hombre nuevo, Señor.
Enrique Angelelli