Gloria a Ti, Señor

viernes, 9 de mayo de
image_pdfimage_print

Gloria a ti, Señor,

por el niño que aprende a caminar, suelta la mano de su madre, cae, se levanta

e intenta de nuevo la aventura;

por el muchacho que monta en bicicleta, trata de correr sin agarrar el manillar,

y así veinte veces hasta conseguirlo;

por el adolescente que sufre con un problema de matemáticas,

pero obstinado quiere encontrar él solo la solución.

Gloria a ti, Señor,

por los deportistas que se entrenan cada día para correr más rápido,

saltar más lejos, cada vez más alto, y así batir su propio record;

por los artistas que luchan con la piedra o la madera, los colores o los sonidos,

para crear obras nuevas;

por los investigadores que estudian en la sombra,

experimentan, a fin de descubrir los secretos de este mundo que juntos habitamos.

Gloria a ti, Señor,

por los mineros que arrancan el mineral de la tierra, por los que lo funden

y los que hacen las herramientas y las máquinas;

por los arquitectos y sus cuadrillas de albañiles,

que construyen casas, catedrales y ciudades;

por los sabios, los ingenieros, los técnicos, la multitud de trabajadores

del espíritu y de las manos,

que lentamente dominan la tierra y «domestican» la vida;

por todos los que luchan en favor del desarrollo del hombre y de los pueblos

y construyen un mundo de justicia y de paz.

Gloria a ti, Señor,

por el hombre que lentamente «se eleva» a través de la inmensidad del tiempo,

desde que emergiendo del barro Tú lo quisiste de pie,

desde que chispa de espíritu encendida en la carne, Tú lo quisiste pensante, amante

y participante en su propia creación,

desde que entre sus manos por fin liberadas, Tú le entregaste el universo,

para que tomara posesión de él, lo acondicionara y lo transformara.

Gloria a ti, Señor,

por esta prodigiosa y maravillosa ascensión humana,

por tu alegría en vernos crecer, por tu humildad,

tú que te eclipsas ante nosotros en vez de ocupar nuestro lugar,

por tu paciencia ante nuestras morosidades, nuestros errores y nuestras caídas.

Gloria a ti, por fin, Señor,

porque creaste al hombre libre y digno de encontrarte,

capaz de conocerte y de amarte,

porque no pensaste que venías a menos

al hacerte tú mismo un HOMBRE, en tu Hijo Jesús;

porque por El, si lo deseamos, podemos todos juntos decirte Padre nuestro,

y llegar un día a tu casa, vivir en tu amor y en tu gozo eterno.

 

Michel Quoist, en Caminos de oración