La esencia de María (que tanto me costó descubrir)

lunes, 13 de mayo de
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La Virgen María me fue presentada desde un principio como un modelo a seguir. Desde las clases de catecismo hasta las homilías de algún domingo, en una charla, en un programa, siempre escuché que debía imitarla, y que a través de ella llegaría a Jesús. Todo esto se me imponía como una obligación sinsentido que me llenaba de culpa. Igual lo intenté. Rezaba el rosario, pedía su intercesión, hacía peregrinaciones, trataba de imitar a aquella mujer, tan lejana y tan perfecta que era para mí la Virgen. Cuanto más quería imitarla, más sentido perdía esta intención. Porque la imagen que yo tenía de María, la que me había formado a partir de lo que había escuchado de ella, no tenía ni una pizca que ver conmigo. Me había hecho una imagen de María que parecía más una estampita que una persona. Quieta. Absolutamente callada. Sin siquiera opinión. Siempre de rodillas. Como resignada ante la realidad.

Así, obviamente, ¿cómo iba a querer ser como ella? No me salía natural ni artificialmente. Un ser humano nunca quiere ser una estatua, sino vivir. ¿Ustedes nunca imaginaron algo así de la Virgen? Entonces, claro, ¿cómo vamos a amarla si no la conocemos?

Tuvo que pasar mucho tiempo para descubrir que María no era lo que me revelaba la estampita. Tuve que cuestionarme bastante hasta entender que María no era esa pobretona que asume lo que le pasa como si no hubiera más remedio. Tuve que leer y releer una y otra vez la Biblia para ver a la verdadera María. Una mujer que en las Escrituras habla poco, sí; pero que sabe pedir lo que hace falta. Una mujer paciente, también; pero que actuó cuando su niño corría peligro. Y aunque el mismo Jesús, en una fiesta de casamiento, se negó a obedecerla, ella insistió, porque sabía lo que necesitaba la gente. Observadora. Valiente. Entregada. Alegre. Testigo. Fiel. Y también preocupada por los suyos.

Cuando pude ver la esencia de María, me convencí. Y quise que cada momento de mi vida estuviera sostenido por su mano. Quise que mi vida fuera guiada por ella. A tal punto que cada decisión importante que tuve que tomar la tomé siempre bajo sus pies, en una Ermita bellísima, a pocos kilómetros de mi pueblo, entre unos cerros que me identifican, desde donde nos cuida la Virgen de Luján de las Sierras. Cuando entendí la esencia de María, comprendí al mismo tiempo por qué ella me llevaría directamente a Jesús. Es muy simple: María, como toda madre, es insistente. Y conoce bien cómo llegar a su hijo. Cuando conocí la esencia de María, supe que, lejos de ser una estatua radiante, es una mujer que vino a cambiar la historia. Entonces no tuve dudas: también en esto la quiero imitar.

 

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