Mi experiencia en la Pastoral Carcelaria: “Te aseguro que hoy mismo estás conmigo en el Paraíso”

lunes, 18 de febrero de
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18/02/2019 –  La construcción del Reino se hace realidad en las actividades y en los servicios más variados. Nadie puede quedarse sin escuchar la buena noticia, y eso implica, que los cristianos estemos en todos los ámbitos de la vida social.

Lucas Bastías es Mendocino, tiene 26 años, e inesperadamente ingresó como agente pastoral a un recinto carcelario. Nunca imaginó toda la riqueza que podría descubrir en una cárcel. Nunca antes había conocida una. Desde entonces, con la Pastoral Carcelaria de Mendoza hace presente el reino en ese lugar, tan oscuro, pero lleno de tanta vida.

 

 

“Te aseguro que hoy mismo estás conmigo en el Paraíso”

Esas palabras de Jesús crucificado siempre han logrado conmoverme profundamente. Durante la semana santa, cuando oigo ese pasaje bíblico trato de imaginarme esa escena, y solo puedo ver a un ladrón condenado a muerte pidiendo misericordia, y a un Jesús, todo desfigurado derramando su amor y ternura hasta el último minuto de vida.

Mi nombre es Lucas, tengo 26 años y soy de Mendoza, Argentina. Hace tres años, durante el año de la misericordia, me encontraba en una confusa situación, de no saber dónde me quería Jesús y dónde me pedía servirlo. En medio de todo eso, y de manera providencial, encuentro en Facebook una invitación para hacer un curso de formación para nuevos agentes de pastoral carcelaria. De inmediato sentí el impulso de hacerlo.

Quisiera compartir con ustedes un poco de la experiencia que ha sido para mí ser agente de pastoral carcelaria. Digo un poco, porque sé que no podría contar de forma breve y acabada todo lo que he vivido en estos tres años.

Cada vez que sentía que el Papa Francisco nos invitaba a tocar las llagas de Jesús en nuestros hermanos sufrientes, jamás creí que terminaría haciéndolo en las llagas de mi hermano preso. Por lo general, cuando uno se decide con entusiasmo a seguir a Jesús y servirlo, piensa en algún grupo misionero, en la catequesis parroquial de comunión o confirmación, o la pastoral de la salud, etc. Pero difícilmente uno piense en la cárcel, al menos como primera opción.

La pastoral carcelaria significó un quiebre en mi vida en muchos aspectos. El primer día que entré a la cárcel, no sólo iba cargado de miedos, lo que es lógico, pues estaba entrando a una CÁRCEL. Si no, que también iba cargado de muchos prejuicios. Crecí en medio de una sociedad donde lo único que escuchaba de los presos era que debían podrirse en la cárcel, o que si están ahí es porque ellos eligieron, etc etc. Más difícil que cruzar el muro y las puertas de la cárcel, era cruzar el muro de mis prejuicios, que una y otra vez resonaban en mi cabeza. Pero en mi corazón resonaba otra cosa, resonaba la misericordia de Dios.

Ese día volví a mi casa con el corazón destrozado. Fue tanto el sufrimiento que vi en tan solo dos horas de visita. Lo primero que hice fue ir a misa, y llorar delante del sagrario. Me sentía muy miserable por haber tenido aquellos prejuicios y me sentía muy impotente frente a tanto dolor y tanta corrupción en el sistema penitenciario. Me di cuenta de que si no era por la gracia de Dios, yo no iba a poder volver a ese lugar. Y así fue, la gracia no se hizo esperar y ya llevo tres años.

Desde ese primer día, hasta el día de hoy, Dios ha hecho estragos conmigo (en el buen sentido); pocas veces he hecho tanta experiencia de la misericordia como en ese lugar. En cada conversación con un hermano preso, se me venía a la mente mi enorme cantidad de pecados, y me iba dando cuenta de que entre el preso y yo no había mucha diferencia, de hecho somos iguales. Me di cuenta de que en gran medida ellos no eligieron libremente estar ahí, que hubo miles y miles de condicionantes para que ellos terminaran presos. Me di cuenta de que la misma sociedad que los condenaba era la misma que  antes los marginaba quitádoles todas las posibilidades.

Dios no solo me libró de todos esos prejuicios, sino que ha logrado algo que jamás imaginé que fuera posible: sentir amor por un hermano preso. Sin dudas, todo es gracia de Dios, porque por mis solas fuerzas no podría ni siquiera cruzar la puerta de ese lugar.

Muchas veces siento que es poco y nada lo que yo puedo darle a esos hermanos cuyas vidas han sido tan devastadas. La mayor población carcelaria, es pobre o viene de la marginalidad, la mayoría de ellos no ha terminado sus estudios secundarios, la mayoría vivió los últimos años antes de caer preso en situación de calle, la mayoría viene de familias destrozadas, la mayoría jamás había recibido un abrazo. Yo me preguntaba cómo poder hablar del Evangelio en ese lugar, por dónde empezar! y la respuesta siempre fue: la misericordia de Dios. Y no solo predicándola, sino haciéndola carne en medio de ellos.

Podría seguir contándoles mucho más sobre la realidad carcelaria, pero quiero terminar con una anécdota que me remite al título de este escrito.

Los días 29 y 30 de diciembre del pasado año, pudimos llevar a cabo en la cárcel de Almafuerte un retiro espiritual para un grupo de internos al que venimos acompañando hace dos años. No entraré en detalles para no alargarme, solo diré que fue una de las mejores experiencias que yo, y sin dudas ellos también, habíamos vivido en la cárcel. Ellos jamás habían hecho un retiro espiritual y ni sabían lo que eso significaba. Todo fue sorpresivo, y así lo vivieron, con mucha ilusión y asombro. Hubo momentos fraternos, de mucha risa, y hubo otros de abrir el corazón y dejar que las lágrimas fueran purificándolo. Ellos estaban muy conmovidos. Uno de tantos gestos que hicimos durante el retiro, era simplemente poder fundirnos en un abrazo con el hermano de al lado, sintiendo que era el mismo Cristo quien me abrazaba (habíamos rezado con la parábola de la oveja perdida).

El último día de retiro, en la última actividad, uno de ellos con la voz quebrada y los ojos brillantes a punto de llorar, en frente de todos dijo que hacía meses que nadie lo abrazaba, y lo bien que le había hecho ese abrazo. Inmediatamente, otro de ellos dijo algo que quedaría resonando fuertemente en mi corazón: “cuando ustedes vienen, yo me siento libre”.

Cada vez que siento que es poco y nada lo que uno puede hacer con ellos, recuerdo esas palabras: “cuando ustedes vienen, yo me siento libre” y me doy cuenta que la misión, al menos en gran parte, ya está cumplida, me doy cuenta de que no es en vano, de que tiene sentido.

Esa libertad que siente ese hermano preso, que sin dudas es una auténtica experiencia de Dios, creo que debe ser como aquella que sintió el buen ladrón al escuchar de boca de Jesús: “Te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”.

La pastoral carcelaria de Mendoza ha crecido notoriamente en número de voluntarios, y sobre todo en cantidad de jóvenes. Cuando yo ingresé eramos tres, y hoy ya somos alrededor de 30.

Por supuesto, quiero terminar invitándote a ser parte de esta apasionante pastoral (lucasbastias@hotmail.com). Vas a ver cómo el corazón se te agranda de una manera inimaginable, porque de pronto estás metiendo en él, todo aquello que la sociedad descarta.

Que Jesús nos siga liberando de nuestras prisiones y que, como aquel hermano preso, nosotros también podamos hacer experiencia de la libertad que nos viene de Jesús, esa libertad que nada ni nadie puede arrebatarnos.