3/06/2026 – ¿Puede Dios limitarse a sí mismo? La sola pregunta parece desafiar todo lo que creemos acerca de su omnipotencia. Sin embargo, el Papa Francisco propone en Dilexit Nos una reflexión tan profunda como conmovedora: Dios, por amor, ha querido contar con nuestra libertad para llevar a plenitud su obra de redención.
En el ciclo “Enseñanzas desde el Magisterio de la Iglesia”, el Padre Javier Soteras, director de Radio Maria Argentina, profundizó los números 191 al 193 de la encíclica Dilexit Nos, centrados en una dimensión menos conocida de la reparación al Corazón de Cristo. Después de haber abordado la dimensión social de la reparación a través de las obras de misericordia, la reflexión se desplaza ahora hacia una dimensión más interior, espiritual y profundamente vinculada al misterio de la libertad humana.
El Papa Francisco introduce una perspectiva complementaria sobre la reparación. No se trata solamente de las acciones concretas de caridad o de servicio a los hermanos, sino de una cooperación más íntima con el corazón de Cristo.
El texto afirma que Dios ha querido limitarse de algún modo a sí mismo. Esta expresión no significa una disminución de su poder, sino una elección libre del amor divino. Dios ha decidido no actuar sin contar con la respuesta libre de sus hijos.
El Padre Soteras explica que esta lógica aparece desde la misma encarnación. El Dios eterno, creador del universo entero, decidió entrar en la historia humana, asumir la condición humana y participar del tiempo y del espacio. El infinito se hizo pequeño. El eterno se hizo hombre.
Esa decisión representa una forma de autolimitación divina motivada únicamente por el amor.
La reflexión recupera una imagen profundamente paulina: toda la creación está expectante, aguardando la manifestación gloriosa de los hijos de Dios.
Según explica el Padre Javier, el pecado no afectó solamente a la humanidad. Introdujo una herida que alcanza a toda la creación. Por eso la redención tampoco tiene un alcance exclusivamente individual. Es una obra de restauración universal.
Dios quiere recrear todas las cosas en Cristo, pero ha querido hacerlo contando con la participación humana. La restauración del mundo pasa misteriosamente por nuestra respuesta.
Aquí aparece el núcleo de la reparación espiritual: permitir que la gracia encuentre espacio para actuar.
Uno de los aspectos más sorprendentes del texto es la importancia que Dios concede a la libertad humana.
El Papa señala que nuestra cooperación permite que el amor de Dios se difunda en el mundo, mientras que el rechazo o la indiferencia pueden obstaculizar ese dinamismo de gracia.
El Padre Soteras lo expresa con una imagen contundente: Dios ya se ha limitado al hacerse hombre, pero esa limitación se profundiza cuando nosotros cerramos el corazón y nos negamos a colaborar con su obra.
La historia de la salvación está atravesada por esta tensión entre la iniciativa amorosa de Dios y la libertad humana llamada a responder.
Por eso la reparación no consiste solamente en hacer algo por Dios. Consiste, ante todo, en dejar que Dios actúe.
Durante la reflexión aparece una pregunta que atraviesa toda la historia de la salvación: ¿qué vio Dios en nosotros para llegar tan lejos?
La respuesta surge del Evangelio y de las parábolas de Jesús. Dios considera que cada ser humano posee un valor inmenso. Tanto valor que entregó a su propio Hijo para rescatarlo.
El Padre Javier propone releer la parábola del tesoro escondido desde esta perspectiva. El tesoro no sería algo que el hombre encuentra, sino el propio ser humano visto por Dios. Cristo entrega todo para recuperar aquello que ama.
Esta mirada transforma radicalmente la comprensión de la dignidad humana. No valemos por nuestros logros, nuestros éxitos o nuestras capacidades. Valemos porque somos amados.
Y ese amor alcanza su máxima expresión en la entrega de Cristo en la cruz.
Otro de los puntos centrales de la enseñanza se encuentra en el número 193 de Dilexit Nos.
El Papa recuerda que el misterio pascual de Cristo participa de la eternidad divina. Aunque la pasión, muerte y resurrección ocurrieron en un momento concreto de la historia, permanecen presentes para siempre en Dios.
El Padre Soteras invita a contemplar una realidad asombrosa: el Cristo glorioso conserva eternamente las huellas de su pasión. Las llagas no son simplemente un recuerdo del pasado. Forman parte de la identidad del Resucitado.
Por eso cada celebración de la Eucaristía actualiza sacramentalmente ese acontecimiento. No se trata de recordar algo que ocurrió hace dos mil años. Participamos realmente del misterio pascual que permanece vivo y operante.
La encarnación transformó para siempre la relación entre la eternidad y el tiempo. Desde que Dios asumió la carne humana, toda la creación quedó tocada por la eternidad.
El Papa utiliza una imagen muy sugerente: cuando respondemos con confianza y entrega, abrimos un espacio para el derramamiento del amor de Dios.
El Padre Soteras relaciona esta enseñanza con las palabras de Jesús a la samaritana: “De tu interior brotarán torrentes de agua viva”.
La reparación espiritual consiste precisamente en eso: convertirse en un canal libre para que la gracia circule.
Las obras de misericordia y la caridad concreta conservan toda su importancia, pero adquieren una profundidad nueva cuando brotan de esta conciencia interior. No se trata simplemente de realizar buenas acciones, sino de participar activamente en el proyecto de recreación que Dios lleva adelante en el mundo.
La caridad se vuelve entonces expresión visible de una comunión más profunda con el corazón de Cristo.
El Padre Javier también recuerda que esta apertura a la gracia no ocurre sin resistencia.
La tradición cristiana habla de una verdadera batalla espiritual. La propia fragilidad humana, las estructuras de pecado presentes en la sociedad y la acción del mal buscan impedir que la gracia encuentre espacio para actuar.
Por eso la reparación tiene también una dimensión de combate interior. Se trata de aprender a reconocer las resistencias que cierran el corazón y de permitir que el amor de Dios transforme la propia vida.
La historia de la salvación puede leerse como la historia de un Dios que nunca deja de llamar y de una humanidad que aprende lentamente a responder.
Vivimos en una cultura que suele identificar la libertad con la autonomía absoluta. Sin embargo, la propuesta cristiana ofrece una mirada diferente.
La verdadera libertad no consiste en cerrarse sobre uno mismo, sino en abrirse al amor que nos creó y nos sostiene. Dios no invade ni atropella. Seduce, invita y espera.
La reparación espiritual comienza cuando dejamos de considerar la fe como una serie de obligaciones y descubrimos que somos parte de una obra mucho más grande: la recreación de toda la creación en Cristo.
Cada vez que abrimos el corazón a la gracia, permitimos que algo del Reino de Dios avance en el mundo.
Cada vez que respondemos con confianza, el amor encuentra un nuevo cauce para desplegarse.
Y cada vez que dejamos actuar a Dios, el universo entero se acerca un poco más a la plenitud para la que fue creado.