18/06/2026 – En una nueva edición de «Las Maravillas de la Creación», el doctor en Astronomía Gabriel Ferrero explicó de qué está hecha la Luna, cómo pudo haberse formado hace más de 4.500 millones de años y cuáles son los interrogantes que todavía mantienen ocupados a los científicos. Una invitación a descubrir la historia de nuestro satélite natural y a maravillarnos ante los secretos que aún guarda.
En este marco y reconociendo como lo dice San Pablo en su carta a los Romano: “Lo invisible de Dios, su poder eterno y su divinidad se hacen reconocibles desde la creación del mundo por medio de sus obras” (Carta a los Romanos 1,20), es que nos aventuramos a descubrir estas maravillas de la creación y mirar al cielo. Y justamente, desde que el ser humano ha levantado la vista hacia el cielo, la Luna ha sido compañera de noches, inspiración de relatos y objeto de innumerables preguntas. Aunque parece cercana y familiar, todavía conserva secretos que desafían a la ciencia.
El Doctor en astronomía, Gabriel Ferrero, en este episodio del ciclo, nos ayudóa a profundizar en uno de los temas más fascinantes de la exploración espacial: el origen de la Luna. ¿De qué está hecha? ¿Cómo se formó? ¿Tiene actividad interna? ¿Por qué se aleja lentamente de la Tierra? Las respuestas revelan una historia tan sorprendente como extraordinaria.
Aunque solemos pensar en la Luna como un mundo completamente distinto, Ferrero explicó que posee una estructura interna muy similar a la de nuestro planeta.
Al igual que la Tierra, la Luna cuenta con núcleo, manto y corteza. Además, gran parte de su composición química es semejante a la de las capas externas terrestres.
Los elementos más abundantes son el oxígeno y el silicio, que forman los silicatos presentes también en la arena de nuestras playas. A ellos se suman cantidades importantes de hierro y magnesio.
Esta similitud química constituye una de las pistas más importantes para comprender su origen.
Actualmente, la explicación más respaldada por la comunidad científica es la llamada «teoría del gran impacto». Según esta hipótesis, la Tierra se formó hace aproximadamente 4.540 millones de años. Poco tiempo después, otro cuerpo planetario de tamaño similar a Marte —al que los científicos denominaron Tea o Theia— comenzó a desarrollar una órbita inestable alrededor del Sol.
Finalmente, ese cuerpo colisionó con la Tierra a una velocidad cercana a los 40.000 kilómetros por hora.
La violencia del impacto fue enorme. Grandes cantidades de material fundido fueron expulsadas al espacio y quedaron orbitando alrededor de nuestro planeta.
Con el paso del tiempo, una pequeña parte de esos restos comenzó a agruparse por acción de la gravedad hasta formar una esfera cada vez más grande. Así habría nacido la Luna.
Ferrero señaló que este proceso ocurrió apenas unos 30 millones de años después de la formación de la Tierra, una diferencia mínima si se considera la escala temporal del universo.
En sus primeros momentos, la Luna era una enorme masa de roca fundida a temperaturas extremadamente elevadas. Con el transcurso de millones de años comenzó a enfriarse hasta adquirir el aspecto que conocemos actualmente.
Las regiones oscuras que observamos desde la Tierra son una evidencia de ese pasado volcánico. Esas extensas llanuras están formadas por basalto, una roca que se origina a partir de lava solidificada.
Por eso, cuando miramos la Luna a simple vista, estamos contemplando las huellas de procesos geológicos ocurridos hace miles de millones de años.
Una de las preguntas más frecuentes en la actualidad es si existe agua en nuestro satélite natural.
Ferrero explicó que, debido a las condiciones de presión existentes en la superficie lunar, no puede haber agua líquida estable. Sin embargo, numerosas investigaciones indican que sí existe hielo.
Las mayores evidencias se encuentran en cráteres ubicados cerca de los polos lunares. Como algunas de estas regiones permanecen permanentemente en sombra y nunca reciben luz solar directa, las bajas temperaturas permiten conservar agua congelada.
Estos depósitos podrían resultar fundamentales para futuras misiones tripuladas y eventuales bases permanentes en la Luna.
Uno de los datos más llamativos compartidos durante el programa es que la Luna no permanece siempre a la misma distancia de nuestro planeta.
Gracias a experimentos realizados con espejos instalados por las misiones Apolo, los científicos han podido medir con enorme precisión la separación entre ambos cuerpos. Las observaciones muestran que la Luna se aleja aproximadamente 3,8 centímetros por año.
Aunque la cifra parece insignificante, constituye una evidencia concreta de la dinámica permanente que existe entre la Tierra y su satélite.
Este fenómeno está relacionado con las mareas. La interacción gravitatoria genera pequeñas deformaciones tanto en la Tierra como en la Luna. Ese proceso produce pérdidas de energía que, con el paso de millones de años, provocan cambios lentos en el sistema.
A pesar de los avances científicos, Ferrero recordó que aún no existe una explicación definitiva sobre el origen de la Luna.
La teoría del gran impacto es actualmente la más aceptada, pero presenta algunas dificultades. Existen diferencias químicas entre la Tierra y la Luna que todavía no han sido explicadas completamente.
Por ese motivo, los investigadores continúan estudiando muestras traídas por distintas misiones espaciales y desarrollando simulaciones mediante potentes computadoras para reconstruir lo ocurrido en los primeros tiempos del sistema solar.
Cada nuevo descubrimiento aporta información valiosa, pero también abre nuevas preguntas.
Hacia el final del programa surgió una reflexión que resume el espíritu de este ciclo. Cuanto más se conoce acerca del universo, más evidente se vuelve la inmensidad de lo que todavía queda por comprender.
La Luna, que durante siglos pareció un objeto familiar y perfectamente conocido, continúa revelando incógnitas sobre su origen, su evolución y su relación con la Tierra.
Y quizás allí reside una de las maravillas más profundas de la creación: en la posibilidad permanente de seguir preguntando, descubriendo y maravillándonos ante una realidad que siempre ofrece algo nuevo para conocer.