En el Magníficat María celebra la obra admirable de Dios

jueves, 1 de diciembre de 2016
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1/12/2016 – María tras el anuncio del ángel y durante el encuentro con su prima Isabel estalla en alegría cantando el magníficat.

 

“María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz”.

Lucas 1,46-48

 

María, inspirándose en la tradición del Antiguo Testamento, celebra con el cántico del Magníficat las maravillas que Dios realizó en ella. Ese cántico es la respuesta de la Virgen al misterio de la Anunciación: el ángel la había invitado a alegrarse; ahora María expresa el jubilo de su espíritu en Dios, su salvador. Su alegría nace de haber experimentado personalmente la mirada benévola que Dios le dirigió a ella, criatura pobre y sin influjo en la historia.

Con la expresión Magníficat, versión latina de una palabra griega que tenía el mismo significado, se celebra la grandeza de Dios, que con el anuncio del ángel revela su omnipotencia, superando las expectativas y las esperanzas del pueblo de la alianza e incluso los más nobles deseos del alma humana.

Frente al Señor, potente y misericordioso, María manifiesta el sentimiento de su pequeñez: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1, 46­48). Probablemente, el término griego ταπείνωσς esta tomado del cántico de Ana, la madre de Samuel. Con él se señalan la “humillación” y la “miseria” de una mujer estéril (cf. 1 S 1, 11), que encomienda su pena al Señor. Con una expresión semejante, María presenta su situación de pobreza y la conciencia de su pequeñez ante Dios que, con decisión gratuita, puso su mirada en ella, joven humilde de Nazaret, llamándola a convertirse en la madre del Mesías.

Las palabras “desde ahora me felicitaran todas las generaciones” (Lc 1, 48) toman como punto de partida la felicitación de Isabel, que fue la primera en proclamar a María “dichosa” (Lc 1, 45). El cántico, con cierta audacia, predice que esa proclamación de la grandeza de los pequeños, se irá extendiendo y ampliando con un dinamismo incontenible. Al mismo tiempo, testimonia la veneración especial que la comunidad cristiana ha sentido hacia la Madre de Jesús desde el siglo I. El Magníficat constituye la primicia de las diversas expresiones de culto, transmitidas de generación en generación, con las que la Iglesia manifiesta su amor a la Virgen de Nazaret.

“El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1, 49­50).

¿Que son esas “obras grandes” realizadas en María por el Poderoso? La expresión aparece en el Antiguo Testamento para indicar la liberación del pueblo de Israel de Egipto o de Babilonia. En el Magníficat se refiere al acontecimiento misterioso de la concepción virginal de Jesús, ocurrido en Nazaret después del anuncio del ángel. Pero allí también se puede ver la suerte del pueblo asociado a ella, la fuerza de Dios que trae liberación y transformación. 

En el Magníficat, cántico verdaderamente teológico porque revela la experiencia del rostro de Dios hecha por María, Dios no sólo es el Poderoso, pare el que nada es imposible, como había declarado Gabriel (cf. Lc 1, 37), sino también el Misericordioso, que lo hace a Dios aún más poderoso, capaz de ternura y fidelidad  y capaz de hacer de lo humano un lugar divino. Por su misericordia, Dios ha venido a instalar su carpa en medio nuestro para en un pesebre poder manifestar la Gloria eterna. 

“Él hace proezas con su brazo; dispersa a los soberbios de corazón; derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1, 51­53).

La invitación en este tiempo de dificultades es permanecer en fidelidad, en paciencia, con confianza en quien obra con poder y muestra su grandeza. En la fidelidad del caminito de cada día y en la entrega sencilla desde el corazón de María, Dios mira con bondad nuestras pequeñas obras. Que puedas permanecer en paciencia y en servicio, confiando en que Dios no va a demorar en poner las cosas en su lugar confiando en que nada le va a faltar a quien en manos de Dios se confía. 

Con su lectura sapiencial de la historia, María nos lleva a descubrir los criterios de la misteriosa acción de Dios. El Señor, trastrocando los juicios del mundo, viene en auxilio de los pobres y los pequeños, en perjuicio de los ricos y los poderosos, y, de modo sorprendente, colma de bienes a los humildes, que le encomiendan su existencia (cf. Redemptoris Mater, 37).

El pueblo es el que está llamado a congregarse en torno a María y eso se ve por ejemplo en las peregrinaciones populares. Allí descubrimos identidad y nos abrimos al poder transformador que Dios tiene con los pequeños. María nos muestra ese camino y ella nos asocia a su Magníficat, cantando porque Dios ha mirada con bondad su sencillez. 

Estas palabras del cántico, a la vez que nos muestran en María un modelo concreto y sublime, nos ayudan a comprender que lo que atrae la benevolencia de Dios es sobre todo la humildad del corazón.

Por último, el cántico exalta el cumplimiento de las promesas y la fidelidad de Dios hacia el pueblo elegido: “Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre” (Lc 1, 54­55).

María, colmada de dones divinos, no se detiene a contemplar solamente su caso personal, sino que comprende que esos dones son una manifestación de la misericordia de Dios hacia todo su pueblo. En ella Dios cumple sus promesas con una fidelidad y generosidad sobreabundantes.

El Magníficat, inspirado en el Antiguo Testamento y en la espiritualidad de la hija de Sión, supera los textos proféticos que están en su origen, revelando en la “llena de gracia” el inicio de una intervención divina que va mas allá de las esperanzas mesiánicas de Israel: el misterio santo de la Encarnación del Verbo.

Padre Javier Soteras

Material elaborado en base la Catequesis en la Audicnecia General del 6 de agosto de 1996