María, la esclava obediente del Señor

martes, 29 de noviembre de 2016
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29/11/2016 – María nos enseña un camino de plenitud desde su disposición al obra de Dios. Dios toma lo pequeño y lo pone en alto, como a María que siendo una mujer joven de un pueblo sencillo es elegida para ser la Madre de Dios.

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!”

Lucas 1,39-42

 

 

Las palabras de María en la Anunciación: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) ponen de manifiesto una actitud característica de la religiosidad hebrea. Moisés, al comienzo de la antigua alianza, como respuesta a la llamada del Señor, se había declarado su siervo (cf. Ex 4, 10; 14, 31). Al llegar la nueva alianza, también María responde a Dios con un acto de libre sumisión y de consciente abandono a su voluntad, manifestando plena disponibilidad a ser “la esclava del Señor”.

La expresión “siervo” de Dios se aplica en el Antiguo Testamento a todos los que son llamados a ejercer una misión en favor del pueblo elegido: Abraham (Gn 26, 24), Isaac (Gn 24, 14) Jacob (Ex 32, 13; Ez 37, 25), Josué (Jos 24, 29), David (2 Sm 7, 8) etc. Son siervos también los profetas y los sacerdotes, a quienes se encomienda la misión de formar al pueblo para el servicio fiel del Señor. El libro del profeta Isaías exalta en la docilidad del “Siervo sufriente” un modelo más acabado de esta fidelidad a Dios con la esperanza de rescate por los pecados del pueblo (cf. Is 42-53). También algunas mujeres brindan ejemplos de fidelidad, como la reina Ester, que, antes de interceder por la salvación de los hebreos, dirige una oración a Dios, llamándose varias veces “tu sierva” (Est 4, 17).

María, la “llena de gracia”, al proclamarse “esclava del Señor”, desea comprometerse a realizar personalmente de modo perfecto el servicio que Dios espera de todo su pueblo. Esta actitud de servicio, disponibilidad y abandono al Señor, es porque el llamado de Dios ha obrado de tal modo en quienes son invitados a ponerse en disposición que los ubica en ese escenario como quien se hace maleable al obrar de Dios. 

 Las palabras: “He aquí la esclava del Señor” anuncian a Aquel que dirá de sí mismo: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 45; cf. Mt 20, 28). Así, el Espíritu Santo realiza entre la Madre y el Hijo una armonía de disposiciones íntimas, que permitirá a María asumir plenamente su función materna con respecto a Jesús, acompañándolo en su misión de Siervo.

En la vida de Jesús, la voluntad de servir es constante y sorprendente. En efecto, como Hijo de Dios, hubiera podido con razón hacer que le sirvieran. Al atribuirse el título de “Hijo del hombre”, a propósito del cual el libro de Daniel afirma: “Todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán” (Dn 7, 14), hubiera podido exigir el dominio sobre los demás. Por el contrario, al rechazar la mentalidad de su tiempo manifestada mediante la aspiración de los discípulos a ocupar los primeros lugares (cf. Mc 9, 34) y mediante la protesta de Pedro durante el lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 6), Jesús no quiere ser servido, sino que desea servir hasta el punto de entregar totalmente su vida en la obra de la redención. A Jesús lo mueve un gran motivo, el servir a Dios el Padre para que se haga su voluntad y a sus hermanos por amor para que todo vuelva al estado de la creación. Como en la primera creación, ahora el verbo hecho carne se pone al servicio para “hacer nuevas todas las cosas”. 

Siguendo a estos servidores y a esta servidora del Señor,  nosotros también podamos contagiarnos de su disponibilidad para que Dios nos utilice como instrumentos en favor nuestro y de los demás en la redención. Como a María, sólo nos pide disponibilidad interior para recibir su llamado.

María, acogiendo plenamente la voluntad divina, anticipa y hace suya la actitud de Cristo que, según la carta a los Hebreos, al entrar en el mundo, dice: “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo (…). Entonces dije: ¡He aquí que vengo (…) a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Hb 10, 5-7; Sal 40, 7-9). Nosoros también somos invitados a tener esa misma actitud. No hay otra alternativa desde el corazón a ponernos en disposibilidad al querer de Dios. Jesús lo dice “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”. Del mismo modo María vive de la voluntad del Padre y eso es lo que la llena de alegría “mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios mi salvador, porque Él ha mirado con bondad la sencillez de su servidora”. 

La alegría mariana está en hacer la voluntad del Padre; negarse a sí misma para afirmarse a sí misma en el lugar donde Dios la invita a ser protagonista con Él en la obra de la redención, en su condición humilde y servicial. María nos regala un modo de estar frente a Dios: humilde, sencilla y confiada en las manos de Dios para que Él haga su querer.

Además, la docilidad de María anuncia y prefigura la que manifestará Jesús durante su vida pública hasta el Calvario. Cristo dirá: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34). En esta misma línea, María hace de la voluntad del Padre el principio inspirador de toda su vida, buscando en ella la fuerza necesaria para el cumplimiento de la misión que se le confió.

Aunque en el momento de la Anunciación María no conoce aún el sacrificio que caracterizará la misión de Cristo, la profecía de Simeón le hará vislumbrar el trágico destino de su Hijo (cf. Lc 2, 34-35) cuando dice “a tí mujer una espada te atravezará el corazón”. La Virgen se asociará a sy Hijo con íntima participación. Hay un íntimo vínculo de amor entre ella y su hijo, que la lleva a acompañar en este designio misterioso en la voluntad de Dios para obrar una nueva vida. Con su obediencia plena a la voluntad de Dios, María está dispuesta a vivir todo lo que el amor divino tiene previsto para su vida, hasta la “espada” que atravesará su alma. En el vacío de sentido frente a la trágica muerte de Jesús, María entiende que allí se juega la plenitud, justo donde parece que todo se pierde. Sabiendo que Dios no le suelta la mano a sus elegidos, permanece fiel al pie de la cruz y firme en su vocación de querer que se haga la voluntad del Padre. “Hagase en mí” dijo María al ángel y lo mismo al pie de la cruz. Que el Señor nos regale esa gracia de disposición en todo lo que Él quiera para nosotros y desde nosotros en el servicio a favor de los demás.

 

 

Padre Javier Soteras