12/03/2026 – Con mucha claridad, el Concilio Vaticano II expresó que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”. Esa mirada pastoral, que reconoce que nada verdaderamente humano es ajeno al corazón de la Iglesia, explica por qué hoy también ocupa un lugar central la reflexión sobre los desafíos que plantea la inteligencia artificial para la humanidad.
Justamente sobre este tema se reflexionó en Córdoba durante una nueva edición del “Parlamento de los Grandes Temas”, realizado en el edificio histórico de la Legislatura provincial. Allí participaron especialistas en inteligencia artificial, entre ellos Francisco Tamarit, exrector de la Universidad Nacional de Córdoba, doctor en física y experto en redes neuronales, junto al exministro argentino Gustavo Béliz, integrante de la Pontifical Academy of Social Sciences y escritor del libro Atlas de Inteligencia Artificial para el desarrollo humano de América Latina y el Caribe.
En diálogo posterior, Béliz abordó dos de los desafíos que hoy generan mayor preocupación: el impacto de la inteligencia artificial en el trabajo humano y su posible incidencia en la democracia. Según explicó, el fenómeno tecnológico avanza a un ritmo acelerado y genera un clima de presión permanente sobre las personas.
“Hoy hablamos de un verdadero ‘calentamiento tecnológico global’. No es solo un calentamiento ambiental, también es un burn out, un estrés mental provocado por una lluvia permanente de información, muchas veces una lluvia ácida de información. Por eso la clave es que el trabajo aumente y mejore y dignifique al ser humano, y no que lo degrade o lo reemplace”, afirmó.
En ese sentido, sostuvo que el desafío principal consiste en construir un nuevo marco de reglas para orientar el desarrollo tecnológico al servicio de las personas: “Todo depende de un contrato social tecnológico entre cuatro actores fundamentales: los trabajadores, los empresarios, el Estado y el mundo académico. Si esos cuatro sectores dialogan y acuerdan reglas, la inteligencia artificial puede mejorar el trabajo y la vida cotidiana; si no, corremos el riesgo de que la tecnología termine dominándonos”.
Béliz alertó también sobre algunos desarrollos científicos que abren interrogantes éticos cada vez más profundos, como la manipulación genética o la llamada inteligencia organoide, que busca integrar tejido humano en sistemas informáticos: “Se están dando pasos que hace pocos años parecían ciencia ficción: desde la edición genética asistida por inteligencia artificial hasta experimentos con inteligencia organoide, donde se toma tejido humano y se lo integra a sistemas informáticos. Son fronteras tecnológicas que pueden resultar fascinantes, pero también extremadamente peligrosas si no existen límites éticos claros”.
Frente a estos escenarios, el exministro insistió en que la respuesta no debe ser el rechazo a la tecnología, sino su orientación hacia el bien común.
“Tenemos que emplear mejor a las máquinas y no convertirnos nosotros en un producto de las máquinas. El riesgo es que la inteligencia artificial termine ‘inventando’ seres humanos, cuando en realidad debe ser una herramienta al servicio de la dignidad humana”, explicó.
Para Béliz, el impacto en el mundo laboral será uno de los grandes debates de los próximos años. Aunque descartó escenarios simplistas que anuncian el fin del trabajo, sí reconoció que la transformación será profunda.
“No creo en esas visiones que anuncian que el ser humano dejará de trabajar y recibirá simplemente una renta universal. Esas ideas muchas veces mezclan utopía con humo. Lo que sí es cierto es que estamos frente a una reorganización muy profunda del trabajo, y por eso es imprescindible que existan pactos sociales tecnológicos que garanticen justicia y dignidad laboral”, sostuvo.
En esa línea, destacó la importancia de que las innovaciones tecnológicas no se traduzcan automáticamente en pérdida de empleo: “No puede ser que la única respuesta frente a una mejora tecnológica sea despedir trabajadores. Tiene que haber pactos predistributivos, formación, reconversión laboral y participación de los trabajadores en los cambios organizativos. La tecnología tiene que mejorar el trabajo, no eliminarlo”.
El otro gran desafío señalado por Béliz es el impacto de la inteligencia artificial en la democracia. La creciente concentración del poder tecnológico en grandes corporaciones globales plantea interrogantes sobre quién controlará las herramientas más avanzadas del futuro.
“La inercia actual es que las grandes plataformas tecnológicas concentren cada vez más poder. Pero eso no significa que la batalla esté perdida: los Estados, las sociedades y las instituciones pueden establecer reglas de juego. No se trata de demonizar la tecnología ni de arrodillarse frente a ella, sino de dialogar y poner límites que protejan el desarrollo humano”, afirmó.
En definitiva, para el referente argentino el debate sobre la inteligencia artificial no es solo técnico, sino profundamente humano y político: “Este es probablemente el tema político y civilizatorio más importante de nuestro tiempo. Y se va a resolver desde la política, entendida en su sentido más noble: como servicio al bien común y como participación de la sociedad en la construcción del futuro”, concluyó.
En ese horizonte, la Iglesia insiste en aportar una reflexión ética que ayude a orientar la revolución tecnológica hacia un camino de esperanza, donde la innovación esté siempre al servicio de la persona humana y especialmente de los más vulnerables.