17/04/2026 – ¿Alguna vez sentiste que tu fe se apaga, que todo se vuelve oscuro por dentro y que ni siquiera rezar parece fácil? Esa experiencia espiritual, conocida por muchos santos como la “noche oscura”, puede ser también —sorprendentemente— un tiempo de gracia.
En el ciclo “Reflexiones para el finde” de Radio María, el Padre Humberto González SJ compartió una mirada profunda y esperanzadora sobre esos momentos del alma en los que aparecen la desolación, el desgano o la tristeza espiritual. Lejos de interpretarlos como fracaso o debilidad, el sacerdote invitó a comprenderlos como parte del camino de la fe.
El punto de partida de la reflexión fue un pasaje del Evangelio de San Juan (capítulo 21): la escena en la que los discípulos vuelven a pescar después de la resurrección de Jesús… y no pescan nada.
La imagen es poderosa: una noche larga, redes vacías y un grupo de discípulos desanimados. Sin embargo, Jesús estaba allí, mirándolos desde la orilla.
“Muchas veces nuestra vida se parece a esa noche: seguimos haciendo lo de siempre, pero sentimos que no hay resultados”, explicó el padre Humberto.
Esa experiencia interior es lo que los maestros de la espiritualidad —como San Ignacio de Loyola o San Juan de la Cruz— llaman desolación espiritual.
Una de las primeras aclaraciones importantes es que sentirse desolado no significa haber perdido la fe.
Según el sacerdote, la desolación aparece cuando:
Pero esto no es necesariamente un problema ni un pecado.
“La desolación no significa falta de fe. Es un estado del alma”, explicó el padre Humberto.
Como sucede con el clima —días soleados o días nublados— la vida espiritual también atraviesa estados distintos.
Otro punto clave de la reflexión fue no confundir la desolación espiritual con la depresión.
La depresión es una situación que requiere acompañamiento profesional y tratamiento adecuado. En cambio, la desolación pertenece al ámbito espiritual.
Por eso el padre Humberto insistió en una advertencia muy importante:
“Nunca hay que espiritualizar la depresión. Cuando es depresión, necesita ayuda profesional.”
Distinguir ambas realidades permite acompañarse mejor y buscar la ayuda adecuada.
San Ignacio de Loyola propone una regla espiritual muy clara: en tiempos de desolación no hacer cambios importantes.
El padre Humberto lo explicó de forma sencilla: no abandonar aquello que forma parte de nuestro camino espiritual o de nuestra misión.
Al contrario, en esos momentos se recomienda:
Los discípulos del Evangelio ofrecen un ejemplo muy concreto: en medio de la tristeza, permanecen juntos y vuelven al lugar donde Jesús los había llamado.
Otro elemento clave en tiempos de desolación es la comunidad.
El sacerdote recordó que no existe una comunidad perfecta: tiene tensiones, diferencias y límites. Sin embargo, incluso con esas fragilidades, puede convertirse en un lugar de sostén.
A veces no hace falta grandes palabras.
Simplemente estar cerca, escuchar o caminar junto al otro puede ser el mejor modo de acompañar.
El padre Humberto también propuso mirar el episodio de los discípulos de Emaús como una pedagogía para acompañar a quienes atraviesan momentos difíciles.
Jesús resucitado no los corrige de inmediato ni los reta por su falta de fe. Primero camina con ellos y escucha su historia.
Esa actitud se convierte en una enseñanza concreta para la vida cotidiana: cuando alguien está en desolación, no necesita discursos ni soluciones rápidas.
Necesita presencia.
“Acompañar es caminar al lado del otro, escucharlo y hacerle sentir que no está solo.”
Paradójicamente, los tiempos de desolación pueden ser espiritualmente muy fecundos.
Según el padre Humberto, cuando seguimos adelante a pesar del cansancio interior, los pequeños gestos adquieren un valor especial.
“Una Ave María en la desolación cotiza oro.”
Porque en esos momentos la fidelidad no depende de nuestras fuerzas, sino del sostén de Dios.
La desolación no es permanente. Es un estado que, tarde o temprano, pasa.
Por eso el sacerdote animó a vivir estos momentos con paciencia, sin quedarse atrapados en ellos ni dramatizarlos.
La fe cristiana no promete una vida sin oscuridad, pero sí una certeza profunda: Dios nunca abandona a quienes caminan con Él.